CREER O SABER: UN SOLO CAMINO HUMANO

30. CREER O SABER: 

UN SOLO CAMINO HUMANO



La religión y la ciencia aseméjense en mucho, aunque no lo crea el lector. El primer punto es la fe. Ésta, nace del  deseo. En la ciencia, la fe moviliza grandemente el deseo de saber, necesidad impostergable del investigador, con su mayor locura: la obtención del dato, elemento cumbre en el naipe de la investigación científica. El dato que emana de la fuente fidedigna, calma la ser de saber del investigador y arroja luces al caudal del conocimiento.
Análogamente la fe es el eslabón que da consistencia al largo rosario de enigmas de la religión. Sin la fe no hay esperanza, credulidad y constancia en el humano creyente. La base de la religión es la fe, que abre la puerta a la creencia y a la existencia de lo sagrado. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos, 11,1) Pero esa fe en la existencia de lo oculto revela, en el caso de la religión, una necesidad insatisfecha del humano ¿Valdrá la pena vivir para finalmente morir? ¿Qué es la muerte y a dónde nos conduce? ¿Cómo hacer para escapar a la opresión de la muerte y sobreponerse a los umbrales de la vida? ¿Cómo permanecer y trascender? He aquí la magia de lo sagrado y la búsqueda incansable del ser humano que abre el camino al héroe, al mito, al Dios vivo, finalmente, a lo santo y numinoso… El mito del santo y del héroe no muere nunca pues no tiene fin. Está impregnado por la aureola mítica de lo sagrado y esto otorga certeza y verdad, tanto como los increíbles y sofisticados telescopios espaciales que dan convencimiento de la existencia de otras galaxias más allá de la vía láctea. El deseo de saber y trascender acompaña a la práctica científica y religiosa en igual medida, son eslabones de una misma esposa. Los humanos somos animales deseantes. Tan vanamente, ésta puede ser una caracterización canónica que nos identifica ante lo sagrado y lo profano.
Posteriormente, después de reconocer nuestra humilde condición animalesca de deseantes, religión y ciencia se hermanan en fórmulas más encumbradas, tanto en la teoría como en la práctica, tanto en el hacer como en el explicar. Brujo y científico se parecen en cuanto al escepticismo y el desapego a su propio yo inmanente en su trabajo.  La separación del sujeto que quiere conocer del sujeto-objeto de estudio, da cauce a la investigación científica, particularmente en la ciencia social. La verdad del otro, es la materia prima del científico social e intentará enterrar sus sentimientos y pareceres para poder tener una verdadera aproximación certera y construir un pensamiento validado por la ciencia. Mientras menos científico más ciencia.
La religión no se queda atrás en este particular metodológico. El brujo, chaman sacerdote, santero, a fin de cuentas, el religioso, hace su trabajo, desentendido de cualquier elemento emocional, personal, intencional, se desprende de todo ego y necesidad propia para que a través de él, todo él, su cuerpo sus sentidos, su existencia misma, pueda la deidad que se encuentra más allá del umbral de lo terreno irrigar con su comparecencia sus dones o castigos y mostrarse con la potencia y poder del que sale del velo de ocultación y otorga al testigo humano un espacio de encuentro. El religioso no es más que el sello, la moneda, el artículo o en términos un poco más modernos, la cosa que permite la unión entre el testigo humano y la presencia sagrada que sale de su ocultación. Es, tan sólo, un mediador que desaparecerá de la escena religiosa cuando el humano deseante encuentre la conversión. En este punto el religioso es desechado, tanto como lo será el científico, pues ya el mundo de los humanos y los inmortales lograron su objetivo. Unos el saber, los otros la conversión.
Después de tales disquisiciones, quizás el ser humano solo y errante en exilio y éxodo, siempre sin saber cuál será su final y en permanente recorrido, finalice su circular camino en retorno al mundo oscuro desde donde fue expulsado en su nacimiento. No sabemos si volvemos, tampoco si habrá más oportunidades en la tierra, el mito del eterno retorno cantado por Mircea Eliade, puede ser únicamente el espejismo necesario del ave Fénix que renace permanentemente. Quizás más allá de la objetividad y de los deseos, ciencia y religión sean acciones muy humanas que encriptan el poder del ser humano para la construcción o para la destrucción, para promocionar la organización de la vida y el desarrollo en sus miles de formas y maneras o para sembrar la guerra, la muerte y la destrucción en el planeta.  Si Dios existe o más bien, la idea de Dios, seguro creó, tanto a la ciencia, como a la religión para que aumente las posibilidades de ser de los humanos. ¿Quizás éste sea  nuestro máximo poder? Llegar a ser. Tenemos el rayo de Júpiter con la tecnología, la sonrisa de Afrodita con la ciencia, el hacha de Shango con la cibernética, pero insistimos en ver sombras en nuestra caverna. Ciudades llenas de desarrapados que no consiguen la luz es el saldo a inicios del tercer milenio, guerra, intransigencia. En Venezuela odios, revoluciones, sin sabores, hambre, pena… A pesar de todo aún nos queda la ciencia y la religión como las últimas hojas de parra de Adán y Eva.

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